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Nostalgia

Immagine del redattore: El Pincha Uvas
El Pincha Uvas
4 ore fa
Tempo di lettura: 3 min

He estado en casa, en Catalunya. He pasado ocho días en los lugares donde crecí.

Hacía un año y medio que no volvía.

He hecho muchas cosas. He visto a muchas personas y he hecho aún más especial mi lugar favorito del mundo.


Pero la nostalgia por algunos fragmentos de nuestra historia siempre nos devuelve a aquello que hemos querido.

Es como cuando comemos un plato especial que nos transporta a un mundo que ya no existe. Hace años me pasó al comer una butifarra. Fue un viaje surrealista y, sin embargo, todo parecía real.

Es como cuando percibes el olor de la crema que tu madre utilizaba para hidratar las manos que te acompañaban al colegio, las mismas manos que apretabas con fuerza cuando tenías miedo.

La nostalgia, para mí, es una buena amiga.


«Teudis, ¿qué te parece si el lunes vamos a visitar Navàs y Calaf?»

«¡Sería fantástico! Hace tanto tiempo que no voy que ni me acuerdo, quizá desde casi siempre».



Mi hermana decide hacerme un regalo: un día para pasar juntos, reviviendo nuestros recuerdos. Viajamos durante un par de horas para llegar a Navàs, el pueblo donde nací.

El camino nos lleva cerca del lugar donde está enterrada mi madre.

Los primeros recuerdos nos hacen detenernos en el bar de Coll de Ravell.

Allí había trabajado ella como responsable de sala. En cuanto entro, me viene todo a la cabeza: ella corriendo con el restaurante lleno de gente o rellenando las botellas de aceite y vinagre para el servicio del día siguiente. Era una camarera maravillosa.


En Navàs visitamos la calle donde vivíamos, que entre 1978 y 1982 ni siquiera estaba asfaltada. Detrás de nuestra casa había campos de maíz. Ahora hay otras casas y asfalto por todas partes. Llamamos a la puerta de la casa donde vivíamos. No responde nadie. Después llamamos a la puerta de los vecinos. Mi hermana reconoce un apellido. Nos abre una señora mayor: tiene la edad que tendría hoy mi madre.

«Pero ¿tú eres Anna?»

«No, soy Esther, la hija de Anna».

«¡Caramba, cuántos años han pasado! Entonces tú eres... bueno, tú eres aquel diablillo que nos volvía locas. Siempre ibas en bicicleta, aunque eras pequeño, y bajabas de la acera a toda velocidad para obligarnos a levantarnos de nuestras sillas».

Sonríe. Está contenta de vernos.


Reconozco el camino que hacíamos para ir al colegio, la plaza con los árboles y muchos otros detalles. Es como dar un salto al pasado.

Vamos al Jensy, un bar muy famoso cuando vivíamos allí. Lleva años cerrado.


Y al final vamos a mi antigua guardería, que estaba en l'Ametlla de Merola, una conocida colonia industrial de la que no conservaba ningún recuerdo.


Después vamos a Calaf, donde vivimos de 1982 a 1986. Pero antes paramos a comer en el Lleó, un restaurante al que íbamos con los abuelos y que hoy parece añorar su pasado glorioso.


«¡Esther, es una locura! Mira la pared de la plaza donde jugábamos al fútbol. Todavía está dibujada la portería. ¿Cómo es posible, cuarenta años después de habernos marchado?»

No te lo creerás, pero aquella marca sigue ahí, en una pared de ladrillos de la plaza Alta Segarra. ¡Increíble!


Entramos en la antigua escuela y mi hermana descubre que jugaba al baloncesto con la hermana del conserje. Visitamos los lugares donde hacíamos teatro y dibujo, el bar de la plaza y la piscina donde yo aprendí a nadar y ella trabajaba como ayudante de instructora. La recordábamos inmensa.

Después vamos a visitar por sorpresa a Manolo y Teresa, amigos de nuestros padres con quienes todavía me escribo de vez en cuando. Están emocionados. Ella llora. Es bonito volver a verlos.


«Esther, más o menos por aquí hacía judo. Había llegado a ser cinturón blanco y naranja».

«No, Teudis, era unas cuantas calles más allá».


Hablamos de nuestros padres, a quienes echamos mucho de menos. Hoy serían dos ancianos a los que me gustaría tanto poder abrazar.

«Mamá, ¿vienes a ver a tus nietos?». «Papá, ¿me das un consejo?»

Me gustaría que estuvieran aquí.


¡Qué maravilla estos dos días! Hablamos durante horas.

Nos dedicamos tiempo, solo para nosotros. Sin excusas ni condiciones.

No hace falta tener mucho. Hace falta tener ganas de valorar lo que es importante.


Lo que de verdad importa no se compra con una tarjeta de crédito.

Dedicar(se) tiempo es una de esas cosas, ¿verdad?



 
 
 

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EL PINCHA UVAS

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