Malpensa (esp)

Estamos a 15 de octubre. Estoy en Malpensa. Me voy a pasar unos días a Catalunya.
Estoy a punto de subir por las escaleras mecánicas del aeropuerto. Espero para que una señora con una maleta muy grande pueda subir con más comodidad. Cuando se da cuenta, me lo agradece.
La zona de las cafeterías está abarrotada. «¿Puedo sentarme en vuestra mesa?». Unos desconocidos aceptan encantados compartir mesa.
Dos chicas españolas piden el desayuno en el bar, esforzándose por hablar en italiano. Estamos en Milán. La camarera sonríe, contenta.
Durante las maniobras de despegue, una niña grita desesperada porque quiere tener a su padre a su lado. Está sentada entre un desconocido y su madre. El padre está sentado tres filas más atrás. El desconocido comprende la situación, se levanta rápidamente y le ofrece su asiento al padre. El auxiliar de vuelo no le reprende; al contrario, le hace un gesto de aprobación.
Un señor con un sobrepeso considerable pide un alargador para el cinturón de seguridad. No debe de ser una petición fácil de hacer. La azafata se lo entrega con una delicadeza y una discreción extraordinarias.
Un señor va al baño. Le cuesta abrir la puerta, pero al final entiende cómo funciona. Al cabo de un rato, una chica intenta entrar, pero desiste. Cree que la puerta está estropeada. El señor ve lo que ocurre, se levanta, se acerca a la chica y le dice: «Perdona, tira con fuerza de la manilla y verás cómo se abre». La chica lo consigue. Cuando vuelve a su asiento, le regala una sonrisa a quien la ha ayudado.
Uno de los auxiliares de vuelo es nuevo, muy joven. El compañero que lo acompaña y le enseña lo hace con amabilidad, casi con cariño. Es bonito presenciar esa escena.
Estamos a la altura de crucero. Las luces rojas de los cinturones se ponen verdes. Ya podemos levantarnos. Una señora sudamericana se acerca a otras tres personas sentadas frente a mí. Se juntan para estar un rato juntas. Charlan y se ríen como grandes amigas.
Una abuela juega a las cartas en el móvil con su nieta. La mantiene entretenida y la distrae durante todo el viaje.
Vivimos mirando la punta de nuestros zapatos.
Siempre vamos corriendo.
Deslizamos el dedo por la pantalla del móvil de forma obsesiva.
Organizamos nuestros días con horarios calculados casi científicamente para conseguir hacerlo todo.
Somos unos activistas permanentes de la multitarea.
¡Qué rollo!
¿Y si levantáramos la mirada y nos diéramos cuenta de los gestos de bondad que suceden a nuestro alrededor?
¿Y si, quizá, también intentáramos ser nosotros quienes los protagonizamos?
Quién sabe, quizá estos gestos no ocurren solo en Malpensa.
Quién sabe, quizá podríamos correr mucho menos y llegar mucho más lejos.




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