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  • El Pincha Uvas

Lejos pero cerca

En 1997 me fui de casa.

Tenía 19 años. Básicamente, era un niño.

Tenía muchos planes para mí.


Quería no ser apreciado por ser el hijo de alguien.

Quería ver si sería capaz de ser amado por como lo era.

Quería ver si sería capaz de construir mi propio camino.

Quería entender quién era yo.


Eran años en los que no había vuelos de bajo coste, ni Whatsapp, ni Internet. Los teléfonos móviles acababan de aparecer.

Se necesita valor para ir al extranjero, tan lejos, tan joven, en aquellos tiempos.


Puede parecer fácil de hacer.

Pero en realidad no era fácil de vivir.


Cuando miraba hacia adelante, todo parecía sencillo.

Durante los primeros años estuve inmerso en una gran aventura.

Nueva lengua, gente y costumbres.

Era libre de hacer y decidir.

Todo era nuevo.

El tiempo pasaba rápidamente.


Pero si miraba hacia atrás, era complejo.

Había dejado atrás mis raíces, mi familia, mis amigos.

Había decidido dejar atrás la historia que había tenido hasta ese momento.


Los años pasaban.

Mis experiencias en Italia aumentaban.

Mi vida cotidiana en Cataluña se hacía cada vez más lejana.


La vida, poco a poco, parecía indicar que debía quedarme en Italia.

"Casa" siempre era Cataluña. Este sentimiento siempre estuvo presente.

Pero el día a día estaba en Milán.


Han pasado 25 años.

Han pasado veinticinco largos y intensos años.

"Casa" sigue siendo Cataluña. Este sentimiento nunca ha cambiado.

Y el día a día sigue en Milán.


Durante años viví una dicotomía de pensamiento.

"¿Si vuelvo a Cataluña renuncio a Italia, y si me quedo en Italia renuncio a Cataluña?".


Tuve que trabajar mucho en mí mismo.

Tenía que entender que no iba a renunciar a nada.

Que al contrario, podía a ganar cosas.

Parece fácil de decir.

Es muy difícil vivir.

Tantas lágrimas derramé para entenderlo.

Pero cuando lo hice, entendí muchas cosas.


Entendí que en Cataluña tenía (tengo) una gran riqueza.

Que disfrutaría desde lejos.

Que disfrutaría de formas diferentes a las que había imaginado.


Comprendí que la vida debe ser vivida positivamente.

Me di cuenta de que no es necesario centrarse en lo que uno no tiene, sino en lo que sí tiene.

Me di cuenta de que hay experiencias enriquecedoras, aunque no se vivan a diario.


¿Tienes un amigo al que ves muy poco, pero sabes que está presente en cada momento?

Cataluña es así para mí. Y también lo es todo lo que forma parte de ella.


Me he acostumbrado a ver a mis seres queridos una vez al año.

Y a usar whatsapp con frecuencia, para que todos nos sintamos más cerca.


Me di cuenta de que si se tiene el corazón lleno, se puede vivir "lejos pero cerca".

Han pasado muchos años desde ese momento.

Desde entonces, todo ha cambiado. TODO.


Tenemos que aprovechar al máximo todas las hermosas oportunidades que nos brinda la vida.

También he entendido esto.

Y así es como quería disfrutar estos últimos días.

Mi sobrino, mi cuñado y mi hermana vinieron a nuestra casa.

Han visto nuestros lugares.

Mi sobrino (de casi 9 años) dijo "Mamma Mia" en italiano y Jordi jugaba en catalán.

Anna y Teudis hablaron durante mucho tiempo en catalán.

Cociné para todos (¡y bien!).


En este post no hay fotos (a mi hermana y a mi familia no les gusta ser "públicos").

En este post no hay historias de lo que hicimos.

Lo que quiero transmitir es otra cosa.


Hay que ser feliz pedaleando por el Adda, durmiendo en un Camper, leyendo en un bautizo o siendo abrazado unos abuelos que te quieren mucho.


Debemos apreciar todo lo que se nos da.

Tenemos que aprender que la vida hay que vivirla y disfrutarla.

No hace falta esperar a las vacaciones, ni al fin de semana.

Debemos disfrutar de la copa de vino, del café de la máquina con un compañero o de un mensaje que recibimos.


Al apreciar la sencillez también amaremos los grandes gestos.

Hermana, gracias por venir.

Fue muy, muy bonito para todos nosotros.


Lejos pero cerca.





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