Estamos ciegos
- El Pincha Uvas

- 1 ora fa
- Tempo di lettura: 2 min
Vamos al teatro.
Me gustaría ir a menudo porque me gusta.
Es un regalo. Es una velada especial.
Estoy un poco ansioso.
No sé cómo reaccionará mi claustrofobia.
Hace tiempo que no viene a saludarme, que no me busca, que no me molesta.
Pero, ay, la emboscada siempre está a la vuelta de la esquina.
El primero ataque que recuerdo ocurrió en un campamento de verano cuando tenía 9 o 10 años.
Estábamos en una cueva. Nos encontrábamos en fila en un sendero estrecho dentro de la montaña. Estábamos apretados. Tenía chicos delante y detrás, todos quietos. Recuerdo que tuve que volver atrás aterrorizado, pidiendo a todos que me dejaran salir.
Los demás no entendían que me pasaban. Yo tampoco .
Con los años me ha sucedido muchas otras veces: en la atracción de una feria, en el avión, en el tren, sentado en el coche, en el metro y en otros lugares.
He aprendido a captar las señales. Cuando llegan, preparo mis pensamientos, mi mente y mi respiración. Intento poner en práctica algunos pequeños trucos para evitar sentirme mal. Con los años he adquirido una técnica propia que parece funcionar.
En el teatro habría sido diferente. Habría vivido algo nuevo. No sabía cómo reaccionaría. Estaría dentro de una oscuridad completa, absoluta, nunca vivida antes.
La velada formaba parte de uno de los recorridos a oscuras del Istituto dei Ciechi de Milán.
“Disculpe, soy claustrofóbico. ¿Puede darme alguna indicación para ayudarme?”
“No te preocupes. Nicolò te ayudará a entrar. Todo irá bien.”
Nicolò es uno de los guías no videntes que ayudan a los invitados a acomodarse.
Los espectadores no ven nada, no saben orientarse ni colocarse.
Para él es lo normal.
Él ve más de lo que nosotros vemos.
Fue un ángel. Su guía me quitó toda preocupación y viví todo con extrema serenidad. Fue una experiencia preciosa.
Desde entonces he pensado.
He pensado que nosotros, los que vemos, creemos que vemos realmente bien.
Nicolò, en cambio, no veía con los ojos, pero sí con el corazón.
Deberíamos aprender a ver el mundo con ojos distintos.
No digo que tengamos que convertirnos en no videntes, pero ¿qué bonito sería poder adquirir la sensibilidad de Nicolò?
Sentir (no ver) las profundidades, los materiales, los caracteres, los rostros, las emociones.
Basamos mucho en lo que entra por nuestros ojos.
Quizás sería necesario cerrarlos de vez en cuando.
La velada fue muy bonita.
Se vive todo como si estuvieras dentro de la historia, sin ver absolutamente nada.
Se imaginan las escenas, los personajes, los lugares.
Pero no se ve nada. Nada.
A menudo se ridiculiza a quien es diferente, porque somos un poco idiotas.
Somos solo grandes ignorantes.
Deberíamos aprender que en esa diferencia hay un mundo por descubrir.
Yo veo, pero a menudo creo que soy ciego.
“Nicolò, ¿me dices qué ves que yo no veo?”
Querría preguntárselo, para aprender, para crecer, para ver mejor lo que vivo.
Querría preguntárselo para vivir mejor.




Commenti