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Serpientes

  • Immagine del redattore: El Pincha Uvas
    El Pincha Uvas
  • 29 lug
  • Tempo di lettura: 2 min

Mi iaia Antònia las odiaba. Me contaba que las serpientes le daban miedo y le transmitían muy malas sensaciones.

Probablemente heredé ese miedo de ella. No lo sé.


En mi vida nunca he tenido una gran relación con los animales. Por desgracia.

De pequeño teníamos un canario, de esos amarillos que no dejan de cantar. Por la noche le tapábamos la jaula para que descansara y, sobre todo, para que nos dejara descansar a nosotros. Un día mis padres lo encontraron tumbado en el fondo de la jaula. Nunca volvería a cantar.


Después llegó Speed, un pastor alemán. A mí me parecía grande como un caballo. Cada vez que me veía se lanzaba sobre mí para saludarme, pero yo tenía miedo. Nunca conseguí vivir su presencia con tranquilidad.

Mi madre, adoraba las flores. Llenaba la terraza de macetas y las cuidaba con una dedicación increíble. Años después llegó incluso a lavar una por una las grandes hojas del ficus porque había leído que era la mejor manera de alimentarlas. Pero Speed se divertía escarbando en las macetas y comiéndose las flores. Ella no estaba precisamente feliz. Yo era pequeño, pero creo que al final lo devolvieron a quien nos lo había vendido.


Incluso de adulto siempre he mantenido cierta distancia con los animales. Me gustaría saber relacionarme con ellos, pero creo que perciben mi inseguridad, mi miedo.

Cuando mis hijos eran pequeños los llevé a montar a caballo. Era uno de esos lugares donde los padres sujetan una cuerda mientras los animales dan vueltas en círculo. El caballo era viejo y tranquilo. Yo bastante menos. Me pisó un pie y me rompió un dedo.


Otra vez estaba sentado en el sofá de casa de mi tía. Tendría doce o trece años. Ella tenía un par de gatos. De repente, uno de ellos dio un salto enorme y acabó sobre mi cabeza, con el pelo erizado y haciendo esos sonidos que hacen cuando se sienten amenazados. ¿Pero por qué precisamente sobre mí? Yo solo te tenía miedo!!


Me gustaría saber acariciarlos sin temor. Si viviera en el campo o tuviera un jardín grande, me encantaría tener un perro, dejarlo correr libre y llevármelo conmigo a caminar o a la montaña.


Ah, las serpientes. Habíamos empezado por ahí.

De pequeño eran las protagonistas de una pesadilla que se repetía una y otra vez. Siempre había una que me seguía a todas partes hasta que, al final, me atacaba y me mordía.

La semana pasada volví a soñarlas.

Del sueño recuerdo muy poco. Pero hay una cosa que sí.

En cuanto veía la serpiente buscaba a mi padre.

Me daba la vuelta y él estaba allí.

No hacía nada. Simplemente estaba.

Tenía la cara y el cuerpo de antes de la enfermedad.

Me miraba y sonreía.

Y la pesadilla terminaba.

Me desperté sereno.


Él falleció en 2001, con tan solo cincuenta y un años.

Han pasado veinticinco años.

Tengo la barba blanca y dentro de tres años tendré la edad que él tenía cuando se fue.

Cuando tengo miedo, todavía lo busco.


Qué bonito sería tenerte todavía aquí, viejito.

Y qué bonito sería tener también aquí a mamá, viejita.

No importa cuánto tiempo haya pasado.

Siempre os echo de menos.

 
 
 

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EL PINCHA UVAS

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