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Escribo, pienso, creo

Escribo.

A veces ocurre con mucha frecuencia.

A menudo hay errores en los textos que los amigos o los hijos me corrigen.

Escribo, sin pensar, en momentos en que las palabras salen sin parar.

Hay periodos en los que escribiría tres artículos al día.

Hay periodos en los que las letras y las teclas no son una prioridad.


Pienso.

A menudo. Quizá demasiado a menudo.

Llevo haciendo esto desde que tenía más o menos 14 años.

Hacerlo es parte de mi. No puedo elegirlo.

En algunos momentos pensaba demasiado y agobiaba a todo el mundo. A veces incluso me agobiaba a mí mismo.

Me di cuenta tarde.

Pero más vale tarde que nunca.


Creo.

Siempre. Sin parar.

Mi cerebro nunca se apaga (y desde hace unos años, mi cuerpo tampoco).

Imagina, diseña, inventa, innova.

Involucra, recopila, explota.


Hazme hacer cosas monótonas, burocráticas, rutinarias, y me sentiré infeliz.

Hazme crear algo, con la cabeza, con las manos o con el cuerpo, y me harás feliz.

 

Escribo. Pienso. Creo.

No siempre lo hago en el mismo orden.

Pero son tres cosas que he hecho toda mi vida.


En el instituto organizamos varias actividades para recaudar fondos para pagar nuestro viaje de fin de curso.

¿A quién crees se le ocurrió la loteria o el desfile de moda en el teatro de la ciudad?

¿Quién crees que tenía el micrófono en la mano en la discoteca en otra noche de recaudación de fondos?


En la universidad, mi amigo Sergio quedó paralítico tras saltar tirare de cabeza en el mar mientra estaba con unos amigos. Al cabo de un año, sus padres tuvieron que reformar la casa para adaptarla a su nueva condición de joven discapacitado no autosuficiente.

¿Quién crees que organizó una colecta de fondos en la universidad y fue al sud de Italia en persona (junto con Paolo Corvino) para dar el dinero a los padres?


Hace unos años me di cuenta de que escribo desde siempre.

Es algo de lo que no era consciente.


Tengo un viejo cuaderno en casa.

Es tan viejo como mis recuerdos.

Es tan viejo como los pensamientos que tenía cuando tenía 13/14 años.

Está lleno de poemas, de historias.

También está lleno de tristeza, por desgracia.

Habla de un chico que lo veía todo oscuro cuando paradójicamente todos le miraban como si emanara luz.

Habla de un niño que amaba pero no era amado.

Habla de un niño que no tenía esperanza en su futuro.



En casa también tengo una caja llena de cartas de mis primeros años en Italia.

No había whatsapp. E internet estaba empezando a florecer. En aquella época la gente todavía se comunicaba por escrito, y eso me gustaba mucho.

Tengo muchas cartas de mi hermana, de mi iaia Antonia, de Emma, de Sonia (a la que echo de menos), de los Joseps, de Lourdes, de María Rosa y de otros.

Las leo de vez en cuando.

Tengo muchas cartas de mi madre. Y algunas de mi padre.

Tengo dos de ellos que cada vez que leo, inevitablemente, lloro.


Siempre he intentado crear cosas, en lugar de perseguir las creadas por otros.

No sé por qué, pero siempre ha habido gente que me ha visto como alguien que transmitía belleza.


He trabajado siempre muy, muy duro. No sé vivir de otra manera.

Sigo haciéndolo. Sin parar nunca y a mi manera.

En los selfies veo muchas arrugas que antes no estaban. Y las ojeras a veces son gigantes.

Pero intento sonreir siempre y transmitir belleza.


Siempre he intentado crear, en lugar de perseguir lo creado por otros.

Siempre he escrito, pensado, creado.


¿Y ahora?

Escribo, pienso, creo.

Vivo. Y gozo.




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EL PINCHA UVAS

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